Maestros: Miguel Truel, El hombre que vuela con los pies

Maestros: Miguel Truel, El hombre que vuela con los pies

Por Adriana Bruno

Miguel Truel era un ‘patadura’. Lejos de considerarse la alegría de las fiestas, su timidez lo llevaba bien lejos de las pistas. Y así fue creciendo hasta que un día… Si toda crisis alberga una oportunidad, fue el dolor de una separación lo que llevó a Miguel a descubrir una pasión y un talento. Muchos años -y mucho trabajo- después, aquel ‘patadura’ es hoy uno de los grandes bailarines y profesores de rock y americano.

A un año de radicarse, quizá definitivamente, en Alemania, Miguel Truel recibió a Gente de Rock para contar su historia (con hermoso romance incluido)  y, de paso, dejó algunos consejitos para que todos se animen a bailar, a mejorar y a ser felices.

Miguel nació y creció en el barrio de Once, en Capital, y a los 13 años se mudó junto a su familia a Florencio Varela, en la zona sur del conurbano bonaerense. Allí fue donde por primera vez tomó contacto con el “americano”. “A los 16 años empecé a ir a bailar a algunos boliches donde podía entrar con esa edad, como Radio Studio, o Caníbal, pero después de los 18 ya pude ir a Elsieland, Kriptonite, donde realmente aprendí a bailar el americano, porque rock no bailaba yo entonces. Ni nada”, recuerda Miguel. “Era duro para todo, no podía mover un pie. Solamente el básico americano, que era muy sencillo”.

–¿Cuándo empezó para vos el rock?

–Ojo, que antes estuvieron la salsa, la bachata… Fue después de mi divorcio, cuando empecé a tomar clases de baile. Hice cursos de afro, tomé el instructorado de salsa y ritmos latinos, y después de todo eso empecé a aprender rock, pero como un ritmo alternativo. Había ese concepto en general, de que el rock era un ritmo secundario. Pero a mí me gustaba más. Y un día, casi sin querer, empecé a dar clases, a pedido. Había ido a bailar a un pub, la gente me preguntaba por tal o cual paso, y finalmente los dueños me pidieron que fuera a dar clases. ¡Pero yo no me sentía preparado para eso!  Así que daba la clase y donaba la plata, así no me sentía responsable para nada.

Desde entonces pasaron unos 18 años. Y Truel se convirtió, además, en el referente local del Carolina Shag, un estilo estilizado y súper elegante. “Descubrí de casualidad el Carolina Shag, cuando vi a un bailarín que vino a la Argentina, y me pareció impresionante, me fascinó –cuenta-. Empecé a buscar los videos, pero no podía copiar nada porque era muy difícil copiar los tiempos. Y decidí aprender Carolina Shag. Empecé con Elizabeth Guerrero, una gran profesora de ballroom social, que también daba clases de West Coast Swing, que todavía acá ni existía. Y después un profesor norteamericano, Travis Bendt, me enseñò conteo del Carolina y del Hustle, que influyeron en mi americano. Y todo eso también me ayudó a crear mis propios juegos de pies para el rock, y figuras distintas. Ahí abandoné salsa, bachata y todo lo demás, y pasó a ser, para mí, el rock, el baile de primera.”

–¿Por qué creés que creció, en general, la consideración y la convocatoria del rock?

–El rock ahora tiene muchas influencias, y hay muchos profesores, como Selva Escandell, Rafael Mendaro, que le agregaron lo que faltaba. Antes se aprendía por imitación, pero no existía la técnica, no existía la persona que te diga: ‘son seis tiempos’, ‘se empieza con tal pie’. La técnica empezó a mejorar el rock. Y al mismo tiempo más gente se empieza a interesar.

–Por lo que contás, aún hoy sos tan alumno como profesor.

–Es que un profesor tendría que tener conocimientos, aunque sea un poco, de todo. Poder bailar otros ritmos y saber de qué se habla; haber conocido otros profesores y estilos. Y perfeccionarse en algo. Yo, por ejemplo, estoy esperando viajar a Estados Unidos para perfeccionarme en Carolina Shag. Fijate qué curioso, que antes fuimos a buscar un curso en Inglaterra, y cuando llegamos nos dimos cuenta de que nosotros podíamos hacer muchas más cosas que ellos. Fue una revelación maravillosa, porque es casi autodidacta lo que hicimos.

“La pasión del baile me llevó también a viajar”, comenta Truel, que pronto emprenderá un viaje que tiene que ver con el trabajo y con el amor. También dirá que el baile le cambió la vida que en algún momento tuvo. Recuerda que –ya de regreso a “Capital”- trabajaba como encargado de edificio. “Era un trabajo que me permitía mucho horario libre, porque lo hacía de 7 de la mañana a 3 de la tarde, después tomaba clases y después me iba a los boliches, tipo Azúcar, a seguir tomando clases, porque yo era una persona a la que le costaba muchísimo bailar. Y además encontré que el baile es antidepresivo. Yo salía de un divorcio, y me daba cuenta de que terminaba las clases de baile renovado. Entonces empecé a tomarlo también como una terapia. ¡Y ahí descubrí que podía moverme!

“Me costaba muchísimo bailar”

 

–¿Te acordás de tu primera clase de rock?

–Muchísimo. Estuve feliz, toda la clase haciendo básico frente a un espejo, asombrándome de que podía mover un hombro disociado del otro pie: eso fue increíble para mí. Me encantó, porque yo era demasiado duro. Y en algún momento pude soltarme y hacer cosas que no sabía que podía hacer. Diez años después de esa primera clase fue que decidí dejar todo y dedicarme solamente a esto.

–¿Te fue bien desde el principio?

–Uno tiene miedo de que no alcance la plata, de pasarlo mal. Y fue una sorpresa, porque nos arriesgamos, y nos alcanzó para vivir bien, para viajar… Y fue una felicidad saber que se puede vivir de lo que uno ama. Cuando la gente empezó a elogiarme, me costó mucho darme cuenta por qué, y más siendo una persona que nunca había bailado. Pero hubo un momento en que comencé a creerlo y me dije ‘algo debo estar haciendo bien’. Ahora confío en lo que hago y siento que soy uno de los referentes.

–¿Cómo influye el carisma personal?

–La gente me llega, me gusta, le tomo cariño. Y cuando uno lo empieza a manifestar, es un ida y vuelta: ellos me quieren y yo los quiero. La parte de contención es muy importante. Hay gente a la que no les vas a poder exigir técnica, porque no pueden, o porque son muy grandes, pero se los contiene. Esa parte es muy importante. Guardé la carta de una mujer, por ejemplo, que me dice que ella antes de mis clases se sentía gorda y fea, que venía en un estado de depresión muy grande… La parte humana es fundamental.

–¿Cuántos tipos de alumnos hay?

–Están los que te preguntan todo, y lo aplican o tratan de aplicarlo, y ya sabés que les podés exigir más. Despuás están los que no les interesa tanto, pero se pueden motivar. Y están los que… ¡hay que dejarlos que se diviertan!

–¿Qué consejo le darías a un principiante?

–Que tenga paciencia, que no todo se aprende inmediatamente, y que por lo tanto se relaje, se divierta, y que espere a que las técnicas que le vaya enseñando el profesor de a poco vayan entrando en su cuerpo, y así las pueda empezar a aplicar. Y nunca, nunca, dejarse apabullar, nunca permitir que le falten el respeto. Nadie no hace algo a propósito: no hace algo porque no le sale. Entonces el profesor que se enoja, lo está maltratando, y es porque él es una persona incapaz.  El maltrato puede hacer que esa persona no quiera bailar más. Y puede ser muy perjudicial en un estado anímico complicado.

–Y al que ya está bailando, ¿qué le dirías?

–Que preste atención a los detalles técnicos de lo que se le va enseñando. Pero que básicamente se siga divirtiendo.

–¿A los docentes?

–Bueno, no sé si estoy en condiciones de dar consejos a un docente. El que me daría a mí mismo es no dar tanta bola a lo que se puede decir de uno, porque a veces eso afecta.

Al lado de Miguel Truel, en el baile, en su instituto (TanzBA) y, sobre todo, en la vida, está Claudia Eimermacher. “Ella fue alumna, en su momento, y terminó siendo mi pareja de baile. Al principio no teníamos nada personal, aunque  a veces salíamos juntos con todo el grupo; un día hice una cena en mi casa, ella vino, yo le confesé que sentía cosas fuertes por ella, y ahí nomás empezamos: al día siguiente fue a buscar sus cosas y desde entonces vivimos juntos. Ya hace 8 años –confía Miguel-. Una vez nos separamos, Claudia se fue a Alemania, donde nació y vive su familia, y yo me fui a buscarla. Nunca había salido del país, ni sabía con qué me iba a encontrar, pero cuando nos vimos de nuevo decidimos que íbamos a seguir juntos.”

Alemania, justamente, es el nuevo desafío que le espera a Truel. Hacia allí partirán en un año, junto a su compañera, dejando en Buenos Aires a varios de los profesores que él mismo formó (“sobre todo en americano”, avisa). Se instalará en Frankfurt, y la idea es quedarse definitivamente, aunque sabe que tendrá que pasar por un período de adaptación, entre otras cosas, por el idioma. Pero no solamente. “¿Ven? En lo sentimental también fue el baile lo que me cambió la vida”, concluye este verdadero caballero, amable, bien dispuesto, cálido como pocos, que prefiere terminar la charla con una frase que no es un consejo, pero vale como tal: “Cada vez que salgo a la mañana de casa me siento un afortunado, agradezco permanentemente por poder vivir de lo que me gusta”.

 

Ping pong Truel

Signo: Virgo

Un libro: “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez

Una película: “Sueños de libertad” (con Morgan Freeman y Tim Robbins)

Un lugar en el mundo: Londres

Un tema para bailar:  “In dreams”, de Roy Orbison

Un tema para escuchar:  “Creep”, de Radiohead

La mejor virtud en una compañera de baile:  ¡la paciencia!

3 comentarios en “Maestros: Miguel Truel, El hombre que vuela con los pies

  1. Que linda historia de vida . Un profesor con paciencia .calidez. Que siempre trató por igual a todos desde el que menos sabe al mejor bailarín .esa es una gran motivación para tener ganas de ir cada día aprender y pasar un buen momento . Aparte es un buen tipo .No creo que haya cursos para eso

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