El Picaporte (O como los objetos sangran historias)

El Picaporte (O como los objetos sangran historias)

El picaporte (O como los objetos sangran historias)

La puta madre, estos viejos no se van más y yo con un sueño para veinte. Hace frío, está lloviznando y son más de las 3 de la mañana, pero las amigas de mi vieja son así. Cuando se juntan son como adolescentes rememorando anécdotas y cagándose de risa de la vida. Truco va, truco viene, que un tinto de acá y la presión alta por allá. Una, la Yoli se copeteó y se puso a bailar con el picaporte de la puerta. Otra anécdota para el cumpleaños número 57 de Graciela, mi vieja. Por suerte para mí, ya se están yendo. Ya me quiero ir a la mierda.

Tras los últimos saludos, cierro la puerta de madera de la entrada… con la mala leche que del portazo me quedo con el picaporte en la mano y se me desarma todo. La puta que los parió, para mí que lo rompió la Yoli. Che vieja, este picaporte está hecho mierda. Está todo gastado. Parece como si lo hubiesen pulido con una lija. ¿Por qué no vamos mañana a la mañana a la Ferretería y lo cambiamos?

La cara de mi vieja se transfiguró y sonrió tibiamente. Pero como lo voy a tirar, hijo, está en esta casa, que era de tus abuelos, desde que tengo memoria. Ahora vemos como lo ponemos de vuelta.

Vieja, todo bien con la memoria pero guardalo en el altillo y comprá uno nuevo, necesitás uno para que no te entren a afanar, mirá lo tengo en la mano y está hecho bolsa… bue no discutamos, mejor me voy a dormir.

Mi vieja no dijo nada. Se sentó en el comedor y cebó pacientemente unos mates con el agua caliente que quedó de un termo. No puedo rechazar un mate. El primer sorbo fue la excusa necesaria para la charla que nos teletransportaría a ese mismo comedor, ahora en sepia. El calendario incrustado en la pared nos dice que estamos en abril de 1975.

A mi lado están la Yoli y Graciela, en plena adolescencia, estudiando para una lección oral de Geografía. La madre (que reconozco al toque, es Adela, mi abuela) se acerca a ella. Gra querida, voy a comprar unas cosas al almacén y vuelvo en un rato, portate bien, ¿sí?.

Un beso en la frente. La madre gira el picaporte y sale. Cierra la puerta. Yoli y Graciela se miran. Sonríen. Yoli saca de su mochila un disco, un single de 7 pulgadas que le prestó su hermana mayor. Salen corriendo al tocadiscos. Sacan el disco que estaba puesto. Ponen el que trajo la Yoli. Suena “Travelin’ Band” de Creedence Clearwater Revival. Mirá-lo-que-me-está-enseñando-mihermana y se ponen a bailar rock en el comedor a todo trapo. Luego, bajo la estricta supervisión de la Yoli, Graciela baila tomando de compañero al picaporte de la puerta principal, el mismo que tengo gastado y roto en la mano.

Hay tiempo para el lado B del disco. Suena “Down On The Corner” y siguen bailando. Dale Yoli apagá que ya llegó mi mamá! La madre entra. Las encuentra despeinadas y jadeando. Sonríe tiernamente. Gra, no tienen que andar escondiéndose para bailar eso que suena a veces en la radio, pero primero estudien y después bailan. Y no se olviden de dejar en el tocadiscos el disco que estaba antes, porque es de tu papá y se va a enojar si se entera que le andás tocando sus cosas. Graciela pone el longplay que estaba antes para no levantar sospechas. Curiosamente, es un disco de Julio Sosa que contiene “El firulete”, ese delicioso tango cuya letra es una oda a la milonga frente a los embates de la nueva ola de sonidos extranjeros y anglófonos. De todas formas tanto cuidado no sirvió. Porque Carlos, el padre (mi abuelo) llegó tarde esa noche, cenó un poco de sopa con puchero y se tiró derecho al sobre. Por lo que pudo escuchar Graciela, los jueves tenía reunión de delegados con los compañeros de la fábrica y se quedaban hasta tarde discutiendo de política. O algo así, cosas que ella mucho no entendía.

La escena se borronea y aparece otro flashback en sepia. Es una mañana bien temprano. El calendario nos botonea que es Mayo de 1976. Afuera se escucha el repiqueteo de la lluvia. En el comedor está Graciela, de estricto guardapolvo, tomando un té con tostadas. Adela y Carlos hablan en voz baja al lado de la puerta. Adela está visiblemente nerviosa. Carlos la calma. Quedate tranquila, Adelita, no me va a pasar nada. Se acerca y le da un beso en la frente a Graciela. Cuidate Gra querida. Le da un beso a Adela. Gira el picaporte, ese que ya estaba gastado por las tardes de baile con la Yoli, le tira un beso a Gra y cierra la puerta.

Esa tarde el picaporte no giró. Carlos no volvió a casa. Ni al día siguiente. Nunca. Se transformó en una incógnita en medio de un país gobernado por derechos y humanos. Carlos y otros siete delegados pasaron a integrar la lista de los desaparecidos de la Dictadura. Y Graciela se encerró varias tardes, varios meses, escuchando Creedence en su cuarto. A veces con la Yoli, a veces sola. Garabateaba en un cuaderno, con el poco inglés que podía, una canción que había aprendido a traducir.

Un frío sudor me corrió por la espalda. De pronto, volvimos a la fría madrugada del presente. Me di cuenta que mientras me hablaba yo no había largado el mate.

Dale que no es un micrófono, hijo. ¿Viste como llueve? Sí, viejita, dale un mate más y bancame que busco unos tornillos así ponemos el picaporte de vuelta.

Nos quedamos en silencio un rato, con el ruido del sorbo matero. Hasta que hablé.

Vieja, me quedó la duda, ¿qué canción garabateabas en el cuaderno? Si vos no sabés inglés, vieja!

¿Cómo que no, hijo? Algo me acuerdo de la escuela y además la Yoli sabía algunas cosas, ella fue un año a profesora particular… tengo esa hojita acá en la lata esta que está en la alacena. Me ayudó mucho a pasar esos momentos tristes, donde no sabíamos nada de tu abuelo y teníamos miedo, mucho miedo por lo que nos podía pasar. A ver… acá está.

Agarro el papelito, todo roto, amarillento y con letra escrita con pluma:

“Recuerdo a mi papá preguntándole “¿por qué?” Porque hay tantas cosas que no entendía. Y papá siempre sonreía y me agarraba de la mano, diciendo “algún día lo entenderás” Creedence, “Someday Never Comes”

 

Nota realizada por un alumno de Gente de Rock, Gabriel Hernandez, muchas gracias… lograste asomar unas lagrimas cuando lo contaba en voz alta a mi pareja. 

3 comentarios en “El Picaporte (O como los objetos sangran historias)

  1. Muchas gracias por publicar la historia! Me alegro que sirva para emocionarse y seguir transitando este lindo camino del rock. Saludos!

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